La muerte de Amy Winehouse tiene mucha más repercusión que la de Roberto Mira, Rober. Pero qué quieren que les diga, pese a la tristeza que provoca la muerte de una persona joven, con talento, me produce una pena más honda el adiós del líder de Los Porretas, que precisamente este año cumplían 20 desde su constitución. La voz de la británica reconozco que me cautivó desde el primer día que escuché el Back to black. Pero yo crecí con la música de la banda de Hortaleza, heredera de míticos rockeros como Rosendo Mercado (Ñu, Leño), Barón Rojo, Obús o Barricada. Y pese a que a Sabina le tengo en un altar, la versión que Los Porretas hacen de su Pongamos que hablo de Madrid empequeñece la original. La escucho como mínimo una vez al día, en el despertador. Unos compases y a funcionar. Prueben, déjense de zumos de pomelo, yogures con bífidus y demás productos dietéticos para el desayuno.
Roberto Mira no muere tan joven, tenía 49 años. Había luchado durante tres contra un cáncer de colon que no se cansó de buscar durante eternas veladas de rock y alcohol. James Dean, River Phoenix, Kurt Kobain, Heath Ledger murieron jóvenes, como Amy Winehouse. Muchos arremeten contra la vida que tuvieron -entre drogas y alcohol- y confiesan que su fallecimiento les apena no por el vacío que les deja sino por el talento desperdiciado y por no haber aprovechado la fama y el dinero para mejores obras que el exceso y la autodestrucción. Pero quizás ellos se estén riendo de nosotros desde sus tumbas. Vivieron como quisieron. Que les quiten lo ‘bailao’. Muchas personas que duran 100 años no pueden decir lo mismo. ¿Qué es mejor una longeva y anodina existencia o una vida corta e intensa? Cada cual que elija su destino.
Lo que está claro es que la genialidad de muchos hombres y mujeres está unida a su lado oscuro. ¿O Baudelaire hubiera escrito Las Flores del Mal sin su adicción a las drogas? ¿Edgar Allan Poe habría escrito los relatos más sobrecogedores de la literatura si no hubiera sido un alcohólico?
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